lunes, 26 de octubre de 2009

Aroma a beso

Sin ver. Voces, risas y murmullos que se alejan. Vueltas en redondo. Primero hacia un lado, después hacia el otro.

Se sentía mareado, confuso y sobretodo, ridículo. Toda su infancia había jugado con Juana, pero suficiente, el amor hacia una prima tenía un límite y el suyo había llegado a su fin. Los doce eran una edad razonable para dejar atrás esos “juegos de niños”.

Odiaba ser el protagonista, pero llegó tarde y su prima lo atrapó justo en la puerta sacándose el abrigo. Lo hizo a propósito, para ponerlo en ridículo frente a todos. Para vengarse de tantos “No” recibidos últimamente a cada propuesta que, hasta ayer resultaban tentadoras y hoy, las veía como aburridas. Un abismo los separaba de repente. No podía reconocerse más en ese lugar de niño.

Sin tiempo de saludar a nadie, de ver quién estaba y a quiénes conocía y a quiénes no, se encontraba en el centro y rodeado.

Hora de empezar. Estaba totalmente desorientado. No tenía idea hacia que lado estaba la cocina o hacia dónde el patio.

-Ocho pasos a la derecha, en el patio- gritaba y se reía Juana.

Nicolás rehusaba hacer caso a sus indicaciones. Sabía, conocía muy bien a
su prima, que haría todo lo posible por avergonzarlo, por hacerlo sentir como un grandulote bobo. Por lo tanto sólo dependía de él saber hacia donde ir.

Un aroma a jazmín le permitió vagamente ubicarse. “Hacia allí debía estar el patio” pensó, y parándose con los pies juntos, alzando el pecho y en posición de firme se alistó a comenzar.

Levantó lentamente el pie derecho. Dio un paso y lo apoyó con tal delicadeza y liviandad, como si existiera la posibilidad de que el piso flotara y hundiera por el sólo hecho de tener su vista anulada. Se sentía torpe, le parecía sumamente injusto que a él lo miraran todos y él no pudiera ver a nadie.
Si se concentraba en el olor del jazmín podría llegar rápido al patio y evitar ser el hazme reír de todos.

-¡No! Te dije a la derecha- Insistió Juana.

Avanzó hacia delante, de a ratos creía alcanzar el aroma y al instante parecía que lo perdía, que desaparecía.
En un momento lo sintió tan pero tan cerca que pensó “Lo tengo, el patio está hacia allí”. Apresuró el movimiento, un paso, dos pasos, tres pa..., con tan mala suerte que el cuarto dio justo sobre una baldosa floja y encharcada.

Ojos tapados, vueltas en redondo, para un lado para el otro y plaf, porrazo al piso.

Sintió el barro en sus pantalones y en sus manos. Por ese instante hubiera preferido ser niño otra vez. No se atrevía a sacar la tela de los ojos.
Risitas burlonas de niñas revoloteando a su alrededor lo ponía por demás nervioso. Se ofuscó, movió torpemente la cabeza con bronca buscando al enemigo, sintiéndose humillado y vencido.

De repente, reapareció ese olor a jazmín rozando su mejilla. Un impulso le hizo girar suavemente el rostro. Podía olerlo, estaba allí, justo frente a su cara. Podía sentirlo, tibio y levemente húmedo apoyado accidentalmente sobre su boca y tomando forma de beso.

-Hola ¿Estás bien? Soy Ángeles, amiga de Juana. Le preguntó incómoda y
con mucha vergüenza mientras lo ayudaba a sacarse la venda.

Sus ojos no podían creer que aquel perfume tuviera forma de ángel, o, Ángeles, como dijo se llamaba.

Olvidó sus sucios pantalones, el enojo con su prima y las risitas burlonas. Se paró de golpe y le pareció que en vez del piso, ahora, el que flotaba era él.

-Era a la derecha -gritó Juana muy enfadada.-¿No me escuchás cuando te hablo? ¿Por qué no me hiciste caso?

-No te preocupes primita. Va de nuevo. Entusiasmado y por propia voluntad vendó sus ojos mientras escuchaba contenta gritar a su prima.

-Otra vez le toca a Nicolás ser gallito ciego.

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