martes, 27 de octubre de 2009

De Terror

Lucila cepilló sus dientes. Dejó la luz encendida y abrió la puerta del baño. Fue hasta el pasillo y prendió el interruptor. Ya en su dormitorio verificó que la ventana estuviera trabada y bajó la cortina. Pero antes, echó un vistazo desde allí a la puerta de entrada a la casa para verificar que estuviera bien cerrada. Acomodó el almohadón de Blood, su cocker negro, al costado de la cama y lo trajo consigo a rastras. Cerró la puerta del placard, abrió la de su dormitorio y llamó a Killer, su pitbull, para que se recostara en el pasillo, en la puerta de su habitación. Se acostó en la cama. Esperó que su mamá viniera a saludarla. Contó hasta 5 y se levantó. Fue a buscarla al living. La luz estaba apagada y la figura de ella aparecía como una sombra recortada por la luz intermitente de la televisión titilando a contraluz sobre su cuerpo. Lucila se detuvo sobre el marco de la puerta. Su mamá miraba el noticiero. Atentado en Irak. Cae el Merval. Crisis global. Secuestraron a …

- Ma…
-Lucila ya lo repetiste 6 veces. Todos los días la misma historia. Andá a dormir. Mamá te cuida.
-Vení a darme el beso a la cama.
-Ya voy
-Antes dijiste lo mismo.
-Ya voy.

Lucila fue al baño. Hizo pis. Bajó la tabla del inodoro. Verificó que la cortina de la bañera estuviera abierta. Ajustó el grifo de agua que goteaba y perturbaba su sueño. Como no consiguió arreglarlo, le colocó una esponja debajo para evitar que la caída de la gota hiciera ruido sobre el lavatorio. Apagó y prendió el interruptor del baño. Repitió lo mismo con la luz del pasillo. Se agachó. Acarició a Killer que descansaba con la cabeza sobre sus patas. Levantó su trompa. Lo puso en alerta y lo volvió a acariciar. Entró a su dormitorio. Pateó suavemente a Blood, que entreabrió los ojos y acomodó su cabeza hacia un costado. Se acostó. Esperó que su mamá la viniera a saludar. Contó hasta 4 y se levantó. Fue al living. Se apoyó de espalda sobre el contramarco de la puerta para evitar ver a su mamá a oscuras.

-Ma..
-Ya voy

Lucila volvió a su dormitorio. Retrocedió. Entró al baño. Empujó, abrió y cerró la cortina de la bañera. Se miró al espejo. Abrió la boca. Verificó que sus dientes estuvieran cepillados. Sujetó el cepillo de dientes y resfregó un poco su encía. Acercó su boca abierta al espejo y miró detenidamente su lengua. Tomó el cepillo. Cepilló su lengua. Dejó el cepillo. Se acercó al espejo. Respiró hondo. Exhaló. El espejo se empañó. Tomó la esponja del lavatorio y limpió el espejo. La escurrió. Abrió el grifo que goteaba. Lo volvió a cerrar. Tomó la toalla y la pasó una y otra vez sobre el espejo. No había caso. Tomó la manga de su camisón y a fuerza de insistencia logró obtener el espejo limpio de agua. Abrió y cerró la cortina del baño. Apagó y encendió la luz del pasillo. Puso la mano sobre el hocico de Killer. Estaba tibio y húmedo,. Respiraba. Pateó suavemente a Blood que reacomodó dormido su cabeza hacia otro costado. Se acostó contó hasta 3 y se levantó. Fue al living. Se apoyó de espalda sobre el contramarco de la puerta para evitar ver la sombra de su mamá. Se tapó los oídos para no escuchar las noticias.
-Ma…
No pudo escuchar si su mamá le contestó. Fue al baño. Cepilló sus dientes. Su encía. Sus dientes. Su encía. Cepilló su lengua. Dejó el cepillo. Se acercó al espejo. Respiró hondo. Exhaló. El espejo se manchó. Tomó la esponja del lavatorio. Tomó la toalla. No había caso. Tomó la manga de su camisón y a fuerza de insistencia logró obtener el espejo limpio de sangre. Miró dormir a Killer. Se acostó en la cama. Blood roncaba a su lado. Esperó que su mamá la viniera a saludar. Contó hasta dos y se levantó. Fue al living. Se apoyó de espaldas sobre el contramarco. Se tapó los ojos para no ver la sombra de su madre. Se tapó los oídos. Quiso llamarla. No pudo emitir sonido.

Fue al baño. Hizo pis. Bajó la tabla del inodoro. No quiso tirar el botón del baño. Abrió el grifo. Cepilló sus dientes, su lengua su encía. Respiró hondo. Exhaló. Tomo la toalla manchada de sangre. No limpió el espejo. Limpió su boca. No abrió ni cerró el grifo. No verificó la luz del baño ni del pasillo. Killer dormía. Blood dormía. Se acostó y esperó que su mamá la viniera a saludar. Contó hasta dos y pensó:
Cortina del baño abierta. Luz del baño prendida. Luz del pasillo prendida. Killer en la puerta de la habitación. Puerta abierta. Placard cerrado. Ventana trabada. Cortina baja. Mamá me cuida. Papá de viaje.

Lucila intentó, como cada noche, dormir pero otra vez no pudo. Cerró los ojos un instante. De qué servía todo lo que había hecho si cuando los cerraba la oscuridad nuevamente la asustaba. Abrió los ojos. Todo en orden. Mamá me cuida. Papá de viaje. Contó hasta … No podía dormir. Los abrió nuevamente. Todo oscuro. Los cerró. Todo oscuro. Los abrió. Todo oscuro. Mamá me cuida. Papá de viaje.

lunes, 26 de octubre de 2009

Aroma a beso

Sin ver. Voces, risas y murmullos que se alejan. Vueltas en redondo. Primero hacia un lado, después hacia el otro.

Se sentía mareado, confuso y sobretodo, ridículo. Toda su infancia había jugado con Juana, pero suficiente, el amor hacia una prima tenía un límite y el suyo había llegado a su fin. Los doce eran una edad razonable para dejar atrás esos “juegos de niños”.

Odiaba ser el protagonista, pero llegó tarde y su prima lo atrapó justo en la puerta sacándose el abrigo. Lo hizo a propósito, para ponerlo en ridículo frente a todos. Para vengarse de tantos “No” recibidos últimamente a cada propuesta que, hasta ayer resultaban tentadoras y hoy, las veía como aburridas. Un abismo los separaba de repente. No podía reconocerse más en ese lugar de niño.

Sin tiempo de saludar a nadie, de ver quién estaba y a quiénes conocía y a quiénes no, se encontraba en el centro y rodeado.

Hora de empezar. Estaba totalmente desorientado. No tenía idea hacia que lado estaba la cocina o hacia dónde el patio.

-Ocho pasos a la derecha, en el patio- gritaba y se reía Juana.

Nicolás rehusaba hacer caso a sus indicaciones. Sabía, conocía muy bien a
su prima, que haría todo lo posible por avergonzarlo, por hacerlo sentir como un grandulote bobo. Por lo tanto sólo dependía de él saber hacia donde ir.

Un aroma a jazmín le permitió vagamente ubicarse. “Hacia allí debía estar el patio” pensó, y parándose con los pies juntos, alzando el pecho y en posición de firme se alistó a comenzar.

Levantó lentamente el pie derecho. Dio un paso y lo apoyó con tal delicadeza y liviandad, como si existiera la posibilidad de que el piso flotara y hundiera por el sólo hecho de tener su vista anulada. Se sentía torpe, le parecía sumamente injusto que a él lo miraran todos y él no pudiera ver a nadie.
Si se concentraba en el olor del jazmín podría llegar rápido al patio y evitar ser el hazme reír de todos.

-¡No! Te dije a la derecha- Insistió Juana.

Avanzó hacia delante, de a ratos creía alcanzar el aroma y al instante parecía que lo perdía, que desaparecía.
En un momento lo sintió tan pero tan cerca que pensó “Lo tengo, el patio está hacia allí”. Apresuró el movimiento, un paso, dos pasos, tres pa..., con tan mala suerte que el cuarto dio justo sobre una baldosa floja y encharcada.

Ojos tapados, vueltas en redondo, para un lado para el otro y plaf, porrazo al piso.

Sintió el barro en sus pantalones y en sus manos. Por ese instante hubiera preferido ser niño otra vez. No se atrevía a sacar la tela de los ojos.
Risitas burlonas de niñas revoloteando a su alrededor lo ponía por demás nervioso. Se ofuscó, movió torpemente la cabeza con bronca buscando al enemigo, sintiéndose humillado y vencido.

De repente, reapareció ese olor a jazmín rozando su mejilla. Un impulso le hizo girar suavemente el rostro. Podía olerlo, estaba allí, justo frente a su cara. Podía sentirlo, tibio y levemente húmedo apoyado accidentalmente sobre su boca y tomando forma de beso.

-Hola ¿Estás bien? Soy Ángeles, amiga de Juana. Le preguntó incómoda y
con mucha vergüenza mientras lo ayudaba a sacarse la venda.

Sus ojos no podían creer que aquel perfume tuviera forma de ángel, o, Ángeles, como dijo se llamaba.

Olvidó sus sucios pantalones, el enojo con su prima y las risitas burlonas. Se paró de golpe y le pareció que en vez del piso, ahora, el que flotaba era él.

-Era a la derecha -gritó Juana muy enfadada.-¿No me escuchás cuando te hablo? ¿Por qué no me hiciste caso?

-No te preocupes primita. Va de nuevo. Entusiasmado y por propia voluntad vendó sus ojos mientras escuchaba contenta gritar a su prima.

-Otra vez le toca a Nicolás ser gallito ciego.